Al principio es bonito: desayunar sólo sus copos de avena favoritos, ver sólo las series de televisión de ella por las noches, pasar las vacaciones sólo en lugares que les gusten a los dos.
Poco a poco, estos compromisos se suman a una regulación rígida, que no deja espacio para las preferencias personales y la espontaneidad, informa el corresponsal de .
Los psicólogos advierten que la disolución completa de una pareja mata exactamente lo que una vez atrajo a los cónyuges el uno en el otro: su singularidad. Desaparecen las aficiones personales, se borran los hábitos individuales y en su lugar aparece una imagen generalizada del «nosotros», pobre en colores y emociones.
Una persona empieza a sentirse como una unidad funcional del sistema familiar más que como un individuo vivo. Este proceso rara vez es consciente; lo más frecuente es que los propios miembros de la pareja no se den cuenta de cómo renuncian a cosas pequeñas pero importantes en aras de un acuerdo imaginario.
Uno ha renunciado a hacer footing por las mañanas porque a su pareja le gusta dormir; el otro ha dejado de ir a exposiciones porque no le interesa. Con el tiempo, esa «sinfonía» se convierte en un anhelo ensordecedor y en la sensación de no estar viviendo tu propia vida.
La salida no está en renunciar a los rituales comunes, sino en preservar conscientemente el espacio personal dentro de la relación. Recupera algo que sólo te pertenecía a ti antes del encuentro: música antigua, una afición separada, reuniones con amigos sin tu otra mitad.
Estas islas de individualidad no os separarán, sino que, al contrario, se convertirán en una fuente de energía fresca que podréis aportar al espacio común. El amor es unidad, no fusión, y requiere aire para que dos puedan respirar.
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